Mi bebé no gana suficiente peso con lactancia materna: ¿qué puede estar pasando?
Hace unos días, al terminar una consulta de lactancia, un padre me hizo una pregunta que se me quedó resonando:
«¿Por qué nadie nos había hecho esta valoración antes?»
Habían llegado a consulta porque su bebé no ganaba peso con la exclusiva lactancia materna y, hasta ese momento, la respuesta que habían recibido había sido suplementar con biberón y leche de fórmula.
Pero tras ese motivo de consulta había mucho más.
Había preocupación. Había cansancio. Había dudas. Y había una madre que quería seguir dando el pecho y que había recibido comentarios que le hacían sentir que, por insistir en mantener su lactancia, podía estar poniendo en riesgo el desarrollo y la salud de su bebé.
Y esto me parece especialmente delicado.
Porque cuando un bebé no gana el peso esperado, la preocupación ya es suficientemente grande como para añadir además miedo y culpa.
Una madre necesita conocer la situación real del bebé, entender los riesgos si los hay y recibir información clara para poder tomar decisiones. Pero creo que existe una diferencia importante entre informar y acompañar y hacer sentir a una mujer que su deseo de seguir amando puede estar perjudicando al bebé.
No se trata de defender la lactancia materna a cualquier precio.
Se trata de cuidar al bebé y, al mismo tiempo, cuidar a su madre y la lactancia que ambos están construyendo.
Si tu bebé no gana peso con lactancia materna, suplementar puede ser necesario
Si un bebé no está recibiendo suficiente alimento, garantizar que lo reciba es prioritario. En determinadas situaciones, la suplementación puede ser necesaria y puede ayudarnos precisamente a proteger una lactancia mientras buscamos lo que está ocurriendo.
Pero suplementar no debería significar necesariamente abandonar el resto de la valoración.
Para mí, el suplemento puede funcionar como un apoyo, como ese recurso que nos permite ganar tiempo mientras intentamos comprender por qué el bebé no está consiguiendo obtener del pecho toda la leche que necesita.
Mientras tanto, seguimos trabajando.
Observamos la toma. Mejoramos postura y agarre si es necesario. Valoramos la succión y función oral. Buscamos lo que puede estar interfiriendo y hacemos seguimiento de la evolución.
Y después vemos qué ocurre.
Quizás la lactancia mejora y podemos ir retirando progresivamente el suplemento. Quizás necesitamos mantenerlo durante más tiempo. O quizá finalmente esa lactancia será diferente a la que la madre había imaginado y acaba siendo una lactancia mixta o incluso artificial.
No podemos saberlo de antemano.
También es importante pensar qué leche utilizamos para suplementar y cómo la ofrecemos , especialmente cuando queremos proteger la lactancia materna.
Siempre que sea posible la mejor opción es ofrecer la propia leche de la madre, y en caso de que no lo sea optaremos por la leche de fórmula. Y también podemos valorar métodos de administración que eviten o reduzcan el uso de tetinas para reducir el riesgo de que interfieran con la succión al pecho.
No existe una única forma válida para todas las familias. El método, la cantidad y la evolución de la suplementación deberían individualizarse según las necesidades del bebé, de la madre y de esa lactancia.
Porque el objetivo no es simplemente añadir un suplemento.
El objetivo es alimentar al bebé mientras seguimos intentando comprender lo que está dificultando la lactancia y qué podemos hacer para mejorarla.
La necesidad de parar y observar
Una de las primeras cosas que hago en una consulta de lactancia es observar la toma.
Parece algo muy básico, pero nos da muchísima información y no se limita únicamente a ver si la boca está abierta y los labios evertidos… es más complejo de lo que parece.
Cómo se coloca la madre. Cómo lega el bebé al pecho. Cómo hace el agarre. Cómo mueve la mandíbula y la lengua. Cómo succiona. Si escuchamos degluciones. Si aparece dolor. Si el bebé está tranquilo o parece estar haciendo un enorme esfuerzo para alimentarse. Si aparecen compensaciones…
Y mientras observo, también escucho.
Porque no acompaño sólo una lactancia. Acompaño a una mujer ya un bebé que están viviendo esa lactancia.
Y necesito conocer su historia.
Cómo fue el embarazo, cómo nació ese bebé, cómo fueron las primeras horas, cuando empezaron las dificultades, cómo se siente esa madre y qué necesita.
Muchas veces las primeras pistas aparecen precisamente ahí.
No me interesa sólo cómo es la lengua. Me interesa cómo funciona.
Cuando existen dificultades en la succión es habitual que aparezca rápidamente una palabra: anquiloglosía.
Pero valorar la boca de un bebé es mucho más que mirar si existe o no un frenillo sublingual.
Necesitamos observar cómo se mueve la lengua y si su funcionalidad es correcta.
¿Puede elevarse? ¿Puede lateralizar? ¿Se organiza adecuadamente durante la succión? ¿Consigue generar y mantener el vacío necesario?
Y, sobre todo, necesitamos preguntarnos por qué esta lengua está funcionando de ese modo .
Porque encontrar un frenillo no significa automáticamente que ésta sea la única causa del problema ni que la primera opción tenga que ser intervenir.
Cada bebé necesita una valoración individual.
Porque un bebé no es sólo una boca
Ésta es una parte de la consulta que a veces sorprende a las familias.
Cuando valoro una lactancia siempre observo el cuerpo del bebé.
Porque la lengua no funciona aislada del resto del cuerpo.
La posición de la cabeza, la mandíbula, el collado, las tensiones musculares o las compensaciones que haya desarrollado este bebé pueden influir en su modo de colocarse en el pecho y de succionar.
A veces vemos bebés que maman bien de un pecho y en el otro generan dolor.
Bebés que siempre quieren mirar hacia el mismo lado.
Bebés que se muestran incómodos en determinadas posiciones.
Y esas pequeñas cosas que aparentemente no tienen relación entre sí empiezan a contarnos una historia cuando las miremos juntas.
Esto es lo que busco durante una valoración.
No encontrar qué está mal, sino comprender qué está necesitando ese bebé.
«¿Por qué nadie nos había hecho esta valoración antes?»
Después de casi dos horas juntos, mi padre me hizo esa pregunta.
Y me hizo reflexionar.
Podría ser fácil responder desde la crítica hacia otros profesionales, pero no creo que éste sea el camino.
Ningún profesional puede saber de todo.
Yo tampoco.
Por eso para mí es tan importante trabajar en equipo, conocer nuestros límites y saber cuándo necesitamos la mirada de otro profesional.
Y precisamente en esta historia hubo algo que me pareció muy bonito.
Una enfermera pediátrica que había atendido previamente a la familia percibió que algo no acababa de funcionar. Reconoción que no tenía las herramientas necesarias para realizar una valoración más específica y les facilitó diferentes contactos.
Uno de ellos era el mío.
Eso también se acompañó.
A veces cuidar no significa tener la respuesta.
Significa ser suficientemente honesta para decir: hasta aquí puedo ayudarte yo, pero conozco a alguien que quizá pueda mirar un poquito más allá.
Ojalá trabajáramos siempre así.
Sumando miradas en lugar de compitiendo entre ellas.
No siempre podremos conseguir la lactancia que habíamos imaginado
Buscar el origen de una dificultad no significa que vayamos a encontrar una solución perfecta.
A veces será necesario suplementarlo.
A veces necesitaremos combinar distintas estrategias.
A veces la lactancia terminará siendo distinta a la que aquella mujer había imaginado durante el embarazo.
A veces no podremos conseguir una lactancia exclusiva.
Y acompañar también es estar ahí.
Sin culpabilizar.
Sin juzgar.
Sin convertir cada dificultad en un fracaso.
Sin hacer sentir a una madre que debe demostrar hasta dónde está dispuesta a legar para poder decir que lo ha intentado.
Porque la lactancia no debería convertirse en una rueda en la que desaparezca la mujer.
El objetivo no es conseguir una lactancia perfecta.
El objetivo es encontrar la mejor manera de alimentar y cuidar a este bebé sin dejar de cuidar también a su madre.
Comprender para poder decidir
Quizá por eso esa pregunta de padre se me quedó tan grabada.
Porque tras ese «¿por qué nadie había mirado esto antes?» había algo muy sencillo.
Una familia necesitaba comprender.
No necesitaban que alguien las prometiera que todo iba a solucionarse.
Necesitaban saber qué estaba ocurriendo para poder decidir qué querían hacer a partir de ahí, conocer pros y contras, marcarse objetivos asumibles y saber el camino a elegir.
Y para mí esto es acompañar.
Dar información.
Contar.
Escuchar.
Proponer opciones.
Derivar cuando es necesario.
Y después dejar que cada familia tome sus propias decisiones.
Porque cuando entendemos qué está ocurriendo, las decisiones dejan de estar gobernadas únicamente por el miedo.
Y aparece algo que para mí es fundamental: la confianza.
Si estás viviendo una lactancia difícil…
Quizás has legado hasta aquí porque tú bebé tampoco está ganando el peso esperado.
O porque tienes dolor.
Porque las tomas son eternas.
Porque un pecho funciona y el otro parece imposible.
O simplemente porque hay algo dentro de ti que te dice que la lactancia no está funcionando como debería.
No necesitas tener claro qué ocurre para pedir ayuda.
En mi consulta de lactancia podemos parar, observar, escuchar su historia y hacer una valoración individual para intentar comprender qué está ocurriendo y decidir cuál puede ser el siguiente paso.
Porque a veces lo que más necesita una familia no es otra opinión.
Es sentirse escuchada, comprendida y acompañada.









