Ser comadrona, una reflexión muy personal

Aún recuerdo cuando aprobé el examen de acceso a la formación de matrona, hace ya unos años…

No podía creerlo… mi sueño se hacía realidad en un momento de mi vida que quizás no era el más adecuado… llevaba unos meses siendo madre y estaba completamente entregada a mi maternidad… ¡Cuál fue mi sorpresa al comprobar que la maternidad me hacía vivir la profesión muy intensamente! Era como mirarla con otros ojos, sentía que me impregnaba todas las células del cuerpo… Fue una experiencia indescriptible…

Al principio de la formación estás muy metida en aprender técnicas (seguimiento de embarazo, pruebas, asistencia al parto, suturas…) ni te imaginas que esta maravillosa profesión cambiará para siempre tu visión de la vida. Ser comadrona es una manera de sentir.

Durante la formación muchas comadronas te hablan de la «transformación» y piensas… « bien no será por tanto»… pero poco a poco entiendes dónde estás y que significa realmente ser comadrona, te enamoras de tu profesión, la quieres profundamente!

Entiendes que la técnica no es tan importante… esto se aprende, lo que realmente resulta importante es acompañar a las mujeres y sus bebés a lo largo de la maternidad, con empatía, amor, respeto y confianza.

Que no es necesario hacer un tacto para saber si una mujer está de parto o no… basta con observarla.
Que los silencios son necesarios, aporten mucha información, ayuden a conectar con el proceso…
Que la intuición forma parte de la profesión.
Comprendes que la naturaleza es sabia, que sabe lo que se hace y que es mejor no interferir…

Te das cuenta de que las mujeres comparten una parte muy íntima de su vida contigo…, esto es un regalo de por vida… y te sitúa en un lugar privilegiado para despertar y respetar lo que todas las mujeres llevamos dentro… , la capacidad de crear y dar vida, la capacidad de amar infinitamente, la capacidad de criar a nuestros hijos…

Entiendes que las mujeres son las mejores maestras, que son ellas quienes te enseñan día tras día con su sabiduría femenina… La mejor escuela es la vida misma.

Honras tu condición femenina y te sientes afortunada de ser mujer y de poder acompañar a otras mujeres en un período vital tan trascendental como es la maternidad, siempre desde el respeto, sin juicios, con escucha, con amor…

Te das cuenta de que el miedo nos paraliza y no nos permite crecer y que la única forma de transformar el miedo es a través del amor y la confianza.

Aprendes a aceptar que las situaciones no siempre son las deseadas y que en estos casos tu acompañamiento como matrona es fundamental.

Entiendes que transmites lo que sientes, que para acompañar a una mujer debes confiar en ella y su bebé, en ti misma y en la naturaleza.

Que saber esperar y paciencia son grandes virtudes.

Que una caricia y una mirada dicen mucho más que mil palabras, es cuestión de presencia.

Que tu aprendizaje no termina nunca, cada día te aporta nuevas vivencias, nuevas historias que van construyendo tu camino como matrona y aunque pasen los años… ¡sigues emocionándote, vives con ilusión tu profesión!

¡No hay nada más mágico y sagrado en el mundo que la llegada de una nueva vida, y yo como matrona tengo la fortuna de acompañar a las familias durante todo el proceso!

Y si… así es como yo siento mi profesión, ¡sólo puedo decir que quiero ser comadrona!